En las Escrituras de hoy, tres grandes figuras de la fe—Isaías, Pablo y Pedro—experimentan un encuentro decisivo con Dios. Cada uno de ellos se siente indigno al principio, pero el llamado divino transforma su debilidad en una misión. Esta misma llamada se dirige a nosotros: ¿cómo respondemos a la invitación del Señor en nuestras vidas?
Un llamado divino a pesar de la indignidad
La liturgia nos presenta tres relatos vocacionales que muestran que Dios elige a quien Él quiere, más allá de su fragilidad humana.
- Isaías tiene una gran visión de Dios en el templo y exclama: “¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros.” (Is 6, 5). Sin embargo, Dios lo purifica y lo envía en misión.
- Pablo se describe a sí mismo como un “aborto”, indigno de ser apóstol después de haber perseguido a la Iglesia. Pero reconoce humildemente: “Por la gracia de Dios soy lo que soy.” (1 Cor 15, 10)
- Pedro, después de presenciar una pesca milagrosa, cae a los pies de Jesús y exclama: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador.” (Lc 5, 8). Pero Jesús lo llama a una misión aún más grande: ser pescador de hombres.
Una transformación radical
Cada uno de estos hombres vivió un encuentro con Dios que cambió su vida para siempre. En cada caso, Dios actuó:
- Purificó a Isaías.
- Llenó de gracia a Pablo.
- Redefinió la misión de Pedro.
A través de ellos, vemos que Dios no elige a los perfectos, sino que transforma a quienes llama.
Un llamado para hoy
Como Isaías, Pablo y Pedro, estamos invitados a encontrarnos con Dios, a reconocer nuestra debilidad y a dejarnos transformar por Él. ¿Nos atrevemos a decir: “Aquí estoy, Señor, envíame” (Is 6, 8)?
Oración
Señor, Tú nos llamas a cada uno por nuestro nombre, a pesar de nuestras fragilidades. Ayúdanos a reconocer tu voz y a responder con fe y valentía. Purifica nuestros corazones, danos tu gracia y haznos testigos fieles de tu amor.
Amén.
Referencias Bíblicas
- Is 6, 1-2a.3-8
- 1 Cor 15, 1-11
- Lc 5, 1-11
Lectura del santo Evangelio según San Lucas
En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Luego llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Para las lecturas del día de hoy, consulte Vatican News.
Comments are closed.